Cada vez que escribo una entrada sobre el hiperespacio, pierdo un lector. Eso, más o menos, es lo que entre lineas vino a decir mi madre cuando descubrió que había vuelto a hacerme al cibermonte.
Pues claro, mamá, de eso se trata. Si lo que escribo tuviese tirón, en lugar del monte, esto parecería el bosque de Sherwood, lleno de proscritos, y a mi no me quedaría otro remedio que ser Robin Hood. Pero mi educación judeo-cristiana me impide saltar de albol en arbol haciendo piruetas sin sentir un poco de vergüenza, y mi dieta no-mediterranea me impide lucir unos llamativos leotardos verdes con el desparpajo de Errol Flynn... ¿O era al revés? En cualquiera de los casos, mi porte me situa más cerca del fornido Goliath que de ese revenido Crispín sajón.
Aún así, y en un momento de debilidad, fruto sin duda del mono de Red Bull, hago propósito de enmienda y me prometo a mi mismo varias cosas: no volver a escribir en el blog hasta encontrar un nuevo festival online sobre el que descargar mi exceso de acidez, no pensar en la necesidad de la eutanasia activa y programada cada vez que me encuentro a Pajares en la tele y ya puestos, no sentir un hormigueo en el estómago cada vez que la princesa Amidala se quita el uniforme.
Pero la carne es débil (además de vasta, en mi caso)... y el vicio fuerte, sobretodo cuando el hiperespacio entero se conjura para ponerte provocaciones en cada esquina. Porque así de peligrosa es la vida en el hiperespacio. Tú vas tan tranquilo por tu camino, pensando en que tipo de carrito te tocará en suerte ese día - uno de los que solo dan vueltas sobre si mismos, o de esos otros que tienen el fondo empapelado con folletos de promoción de cuando todavía se usaban las pesetas - y de repente la provocación se planta enfrente de ti y te cierra el paso: "iToallitas en oferta", reza un cartel gigantesco sobre una pirámide de toallitas para bebés.
¿iToallitas????? ¡Por favor!!! paren un momento el mundo, que esto necesito que me lo expliquen con un poco de calma:
- ¿Han sido diseñadas estas toallitas por la firma de Cupertino? (Aquellos no-lectores que posean un ipod y no sepan que es Cupertino, que sepan que son una vergüenza para su comunidad, los mac-eros, quienes los considerarán unos advenedizos, sujetos al capricho de las modas). ¿Son acaso el último producto de la familia, y serán presentadas por Steve Jobs en su próximo evento a los medios? ¿Veremos al preclaro Jobs hacernos una demostración de uso de las mismas?
- ¿Dispondrán o no de puerto USB? ¿Y soporte Flash? No pregunto por la ranura de tarjetas de memoria, porque eso está claro que ese elemento viene pre-instalado de serie en el hardware del usuario.
- ¿Se podrá entonces descargar por Wifi los últimos éxitos musicales de Operación Triunfo del iTunes y almacenarlos, para después permitir al usuario el gustazo de limpiarse la ranura de tarjetas de memoria con ellos?
Preferiría ignorar que podemos estar simplemente ante el enésimo despropósito de algunas brillantes mentes del marketing. Porque, de ser así, que será lo siguiente: ¿iPañales? ¿iCalamares?. ¿Deberían de haber sido iNdignados en lugar de simples indignados?
Hace unos cuantos años ya nos atacó la moda de lo Bio y lo Eco. Y de aquellos barros todavía nos quedan algunos eco-lodos, como el Ecoasfalt y la Bayeta Ecológica (al menos hemos logrado superar los apretones publicitarios de José Coronado). Luego llegó el eCommerce, el eHealth, eLearning, eMoción... y a este paso, antes de terminar la década, el marketing habrá terminado con todas las vocales del abecedario.
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viernes, 17 de junio de 2011
viernes, 10 de junio de 2011
HiperSensible
Las revoluciones son como la comida rápida: en cuanto se enfria, huele mal, y no hay quien se la trage... con esa reflexión tan profunda, digna de un guionista de late night televisivo, arranca mi primo Gerardito la última entrada en su exitoso blog.
Por un instante me planteo contraatacar con mi blog, y pelear por lo que nunca ha sido mio, el favor del circulo familiar, pero por suerte ese arrebato de lucha se me pasa rápidamente. Al fin y al cabo, siempre me ha gustado remar contra corriente, y escribir sobre el 15-M lo encuentro igual de fascinante que hacerlo sobre las tácticas de apareamiento de la lagartija ibicenca. Además, mi incapacidad para los números (casi igual de desarrollada que mi incapacidad para entender los sentimientos humanos) me impide retener más de tres cifras en memoria, y mi buffer ya se encuentra al límite con el 23-F, el 11-S y el 11-M.
Decido pues seguir el rumbo marcado, que no es otro que comprobar cuantos post sobre el hiperespacio son necesarios para terminar de borrar cualquier rastro de vida humana en este blog (me temo que la vida inteligente nos abandonó hace ya un tiempo).
El hiperespacio nos iguala a todos. Antes era necesario morirse para vivir tan democrático acontecimiento pero ahora, gracias al progreso, tan singular hecho se produce una vez por semana (o cada quince dias, dependiendo del número de armarios debajo de la encimera). Pijos de toda la vida, jubilados, pijos de nuevo cuño, indignados, góticos, emigrantes, funcionarios, modernos, argentinos y parados compiten en igualdad de condiciones por los últimos litros de aceite en oferta, o hacen cola para comprar una baguette de manera tan ordenada y respetuosa como esperarían su turno para subirse en la barca de Caronte. ¿Quién sino los fundadores de la Liberté, Egualité y Fraternité, podian haber sido los impulsores de semejante parque temático dedicado a la democracia?
Sin embargo, he de reconocer que no fue la necesidad de democracia real lo que me empujó cada semana al hiperespacio, sino la necesidad de comida real. Nunca olvidaré el día que el hiperespacio aterrizó en mi barrio, hace ya mucho tiempo.
Fue el día que los descubrimientos: mi madre descubrió que existían patatas fritas y croquetas congeladas, mi hermana descubrió que existían mallas y pintauñas a juego en más colores de los que nunca imaginaron en Tintalux, y mi estomago descubrió que, gracias a los congelados, si cerrabas los ojos no había manera de distinguir cuando comías patatas, croquetas... o un trozo de servilleta de papel que por error habías trinchado con el tenedor por hacer experimentos con los ojos cerrados. En realidad lo que habría constituido un descubrimiento extraordinario es encontrar un parque temático con buena comida, pero el hiperespacio no iba a ser una excepción a la regla.
Esa misma noche saqué dos importantes conclusiones. La primera, que si quería salvar mi entonces incipiente barriga, tenía que impedir por todos los medios que las croquetas y las patatas fritas caseras fuesen desterradas de esta casa. La segunda, que si no quedaba otro remedio que alimentarme de servilletas de papel, debía de evitar las de color azul si no quería sentirme cual pitufo cada vez que hiciese aguas mayores.
Y así y allí empezó la guerra a los congelados. En cuanto pude me ofrecí generosamente para realizar la compra semanal. Cualquier estudioso del arte de la guerra (o en su defecto, un fiel lector de las guerras clon) sabe que una de las máximas comunes a todo conflicto bélico es que quien controle la cadena de abastecimiento, gana la guerra. Y así ha sido. Al principio mi madre preguntaba por ellas, y yo me veía obligado a utilizar excusas variopintas, pero tras un tiempo, cayeron en el olvido. Ahora las patatas y croquetas congeladas y yo nos respetamos mutuamente. Ellas no entran en mi boca, y yo no me cago en ellas.
Lo cual me trae de nuevo a la memoria como termina mi primo Gerardito su última reflexión: las revoluciones son como con los restaurantes chinos. Solo recordamos aquellos que hicieron cagarnos patas abajo.
Por un instante me planteo contraatacar con mi blog, y pelear por lo que nunca ha sido mio, el favor del circulo familiar, pero por suerte ese arrebato de lucha se me pasa rápidamente. Al fin y al cabo, siempre me ha gustado remar contra corriente, y escribir sobre el 15-M lo encuentro igual de fascinante que hacerlo sobre las tácticas de apareamiento de la lagartija ibicenca. Además, mi incapacidad para los números (casi igual de desarrollada que mi incapacidad para entender los sentimientos humanos) me impide retener más de tres cifras en memoria, y mi buffer ya se encuentra al límite con el 23-F, el 11-S y el 11-M.
Decido pues seguir el rumbo marcado, que no es otro que comprobar cuantos post sobre el hiperespacio son necesarios para terminar de borrar cualquier rastro de vida humana en este blog (me temo que la vida inteligente nos abandonó hace ya un tiempo).
El hiperespacio nos iguala a todos. Antes era necesario morirse para vivir tan democrático acontecimiento pero ahora, gracias al progreso, tan singular hecho se produce una vez por semana (o cada quince dias, dependiendo del número de armarios debajo de la encimera). Pijos de toda la vida, jubilados, pijos de nuevo cuño, indignados, góticos, emigrantes, funcionarios, modernos, argentinos y parados compiten en igualdad de condiciones por los últimos litros de aceite en oferta, o hacen cola para comprar una baguette de manera tan ordenada y respetuosa como esperarían su turno para subirse en la barca de Caronte. ¿Quién sino los fundadores de la Liberté, Egualité y Fraternité, podian haber sido los impulsores de semejante parque temático dedicado a la democracia?
Sin embargo, he de reconocer que no fue la necesidad de democracia real lo que me empujó cada semana al hiperespacio, sino la necesidad de comida real. Nunca olvidaré el día que el hiperespacio aterrizó en mi barrio, hace ya mucho tiempo.
Fue el día que los descubrimientos: mi madre descubrió que existían patatas fritas y croquetas congeladas, mi hermana descubrió que existían mallas y pintauñas a juego en más colores de los que nunca imaginaron en Tintalux, y mi estomago descubrió que, gracias a los congelados, si cerrabas los ojos no había manera de distinguir cuando comías patatas, croquetas... o un trozo de servilleta de papel que por error habías trinchado con el tenedor por hacer experimentos con los ojos cerrados. En realidad lo que habría constituido un descubrimiento extraordinario es encontrar un parque temático con buena comida, pero el hiperespacio no iba a ser una excepción a la regla.
Esa misma noche saqué dos importantes conclusiones. La primera, que si quería salvar mi entonces incipiente barriga, tenía que impedir por todos los medios que las croquetas y las patatas fritas caseras fuesen desterradas de esta casa. La segunda, que si no quedaba otro remedio que alimentarme de servilletas de papel, debía de evitar las de color azul si no quería sentirme cual pitufo cada vez que hiciese aguas mayores.
Y así y allí empezó la guerra a los congelados. En cuanto pude me ofrecí generosamente para realizar la compra semanal. Cualquier estudioso del arte de la guerra (o en su defecto, un fiel lector de las guerras clon) sabe que una de las máximas comunes a todo conflicto bélico es que quien controle la cadena de abastecimiento, gana la guerra. Y así ha sido. Al principio mi madre preguntaba por ellas, y yo me veía obligado a utilizar excusas variopintas, pero tras un tiempo, cayeron en el olvido. Ahora las patatas y croquetas congeladas y yo nos respetamos mutuamente. Ellas no entran en mi boca, y yo no me cago en ellas.
Lo cual me trae de nuevo a la memoria como termina mi primo Gerardito su última reflexión: las revoluciones son como con los restaurantes chinos. Solo recordamos aquellos que hicieron cagarnos patas abajo.
domingo, 29 de mayo de 2011
HiperTensión
Han pasado un par de meses de letargo desde mi última entrada, a la espera de que un nuevo festival online me motive y me empuje a salir de esta modorra.
Tiempo por tanto para descansar, la forma políticamente correcta de decir vaguear, y para alimentar mi barriga con el mismo mimo y cuidado que empleo en dejar morir este blog lentamente, cual infantil torturador de moscas. Las semanas pasan, y los festivales online no llegan... así que el tamaño de mi barriga empieza a amenazar mi preciada colección de camisetas veraniegas. No me preocupa que mi perímetro abdominal pueda poner en riesgo la resistencia del algodón a la fractura por dilatación, pero sí que, fruto de tanta elasticidad algodonil, el Hong-Kong-Fui que adorna una de mis más queridas camisetas empieza a parecer cada vez más el ñoño Kun-Fu Panda, y la exuberante pero prieta Wonder Woman que adorna otra se está convirtiendo en una desparramada megavixens de Russ Mayer.
Asisto imperterrito al inexorable derrumbe de mi pequeño universo. Mis series de cabecera se desmoronan. ¿Conseguirá Dexter seguir gozando de mi favor tras la pérdida de la inocente y sensual Rita? ¿Cual será mi interés hacia House sin la fantasía dominatrix de Cuddy? Hicieron falta muchos catálogos de la Semana de Oro para poder superar la marcha de 13... así que no sé si estoy preparado para superar otro golpe.
Ni siquiera la humillación de descubrir que mi primo Gerardito es el autor de un blog ha conseguido sacarme de este estado. Mi primo, orgullo de toda la familia en general y de mis tías en particular, convertido ahora en referencia cultural y de opinión del círculo familiar, por encima de lecturas clásicas como el Pronto, el Hola y el 20 Minutos. Como muchos comprendereis, encontrar a tu madre presumiendo con la vecina del blog de tu primo mientras oculta la existencia del tuyo debería ser motivo de dolor y sufrimiento... a no ser que tu respeto por el criterio cultural y varguandista de tu madre sea inversamente proporcional a tu respeto y dependencia por su arte en las tareas domésticas, como es mi caso.
Solo mis semanales viajes por el hiperespacio me mantienen en contacto con el mundo exterior... no, no es que me tome ningún alucinogeno, más allá de mi dosis de supervivencia de Red Bull. El hiperespacio, o mejor dicho, el hiper espacio, es tan real como el Bar Sevilla. Su nombre oficial es Carrefour... pero los del barrio de toda la vida lo conocen como el Pryca. ¿Y a ver quien es el valiente que se atreve a rebatir a mi madre que la dueña del herbolario está confundida, y sobretodo, enseñarle a decir Carrefour correctamente?. Me río yo del trabajo de Geoffrey Rush con la tartamudez del rey Jorge. Bueno, todos lo llaman Pryca... menos mi primo Gerardito que, como triunfador que es, lo pronuncia en un perfecto francés cada vez que nos dice: "yo siempre compro en el hipercor, allí venden marcas que no tiene el caggrefurg". ¡Coño, si quieres marcas raras, vete al Lidl!, me quedo siempre con ganas de decirle. El día que decida dirigirle la palabra de nuevo se lo digo y me quedo tan ancho (más ancho aún si es posible, para desgracia de Hong-Kong-Fui).
A lo que ibamos. Que uno sea un friki no quiere decir que esté a salvo de ciertas obligaciones familiares, entre las que se encuentran poner en hora el video cada vez que salta la luz, y viajar al hiperespacio cada semana a bordo de mi viejo caza, modelo 4L, acompañado por mi androide de bolsillo llamado Galaxy, con la misión de abastecer de viveres a las fuerzas rebeldes.
El hiperespacio es un lugar fascinante. El único rincón del universo que conozco donde existen mujeres capaces de dirigirse a mi con amabilidad... e incluso con una sonrisa, cuando son cajeras novatas, y acaban de empezar su turno.
Pero este fin de semana ha ocurrido algo que ha alterado el equilibrio de la fuerza, algo capaz de sacarme de mi letargo. Porque no solo de Red Bull vive mi tripa, cada vez que visito el hiperespacio me premio con un helado doble, de sorbete de cerezas y café capuchino. Supongo que a más de un lector (si los hubiese todavía) le puede parecer una combinación extraña de sabores, pero cualquiera que haya padecido una sobreexposición al corte de nata-fresas en su infancia o, en su defecto, una adulta adicción al Red Bull, podrá entender mi elección sin cuestionarla.
Pues bien, en esta ocasión el dependiente de la heladería del hiperespacio me ha anunciado que ya no tienen el sabor capuchino porque su empresa ha decidido retirarlo del mercado. Paralizado por la noticia, decido prescindir de mi recompensa, lo que ha dibujado en la cara del dependiente una indisimulada sonrisa de satisfacción y alivio, harto de mis constantes reclamaciones y protestas, unas veces por la temperatura del helado, otras por su textura, la falta de crujiente del cucurucho o la cantidad del topping. Llego a casa indignado, tanto como para cometer la tontería de contarselo a mi madre, tan impermeable a mis desgracias como sensible a las de Belén Esteban. Y, en lugar de escandalizarse, como dicta el manual de la buena madre, a la mía no se le ocurre otra cosa mejor que proponerme pedir la próxima vez helado de café, en lugar de capuchino... ¡Habrase visto! Seguro que si yo le propusiese ver DEC en lugar de Salvame me mandaría a tomar viento fresco inmediatamente.
Indignado e incomprendido, en un momento de turbación llego a plantearme acudir a la acampada de Sol para presentar una propuesta que impida a los fabricantes de helados la retirada de ningún sabor sin una consulta previa a sus clientes. Por desgracia para mi causa, siempre fui un terrible boy-scout, y la sola idea de dormir en el suelo hace estremecerse mis principios. Así que no me queda otro remedio que iniciar mi protesta desde internet. Ya estoy pensando en un trendtopic para el twitter...
Fabricantes de helados del mundo, temblad.
Tiempo por tanto para descansar, la forma políticamente correcta de decir vaguear, y para alimentar mi barriga con el mismo mimo y cuidado que empleo en dejar morir este blog lentamente, cual infantil torturador de moscas. Las semanas pasan, y los festivales online no llegan... así que el tamaño de mi barriga empieza a amenazar mi preciada colección de camisetas veraniegas. No me preocupa que mi perímetro abdominal pueda poner en riesgo la resistencia del algodón a la fractura por dilatación, pero sí que, fruto de tanta elasticidad algodonil, el Hong-Kong-Fui que adorna una de mis más queridas camisetas empieza a parecer cada vez más el ñoño Kun-Fu Panda, y la exuberante pero prieta Wonder Woman que adorna otra se está convirtiendo en una desparramada megavixens de Russ Mayer.
Asisto imperterrito al inexorable derrumbe de mi pequeño universo. Mis series de cabecera se desmoronan. ¿Conseguirá Dexter seguir gozando de mi favor tras la pérdida de la inocente y sensual Rita? ¿Cual será mi interés hacia House sin la fantasía dominatrix de Cuddy? Hicieron falta muchos catálogos de la Semana de Oro para poder superar la marcha de 13... así que no sé si estoy preparado para superar otro golpe.
Ni siquiera la humillación de descubrir que mi primo Gerardito es el autor de un blog ha conseguido sacarme de este estado. Mi primo, orgullo de toda la familia en general y de mis tías en particular, convertido ahora en referencia cultural y de opinión del círculo familiar, por encima de lecturas clásicas como el Pronto, el Hola y el 20 Minutos. Como muchos comprendereis, encontrar a tu madre presumiendo con la vecina del blog de tu primo mientras oculta la existencia del tuyo debería ser motivo de dolor y sufrimiento... a no ser que tu respeto por el criterio cultural y varguandista de tu madre sea inversamente proporcional a tu respeto y dependencia por su arte en las tareas domésticas, como es mi caso.
Solo mis semanales viajes por el hiperespacio me mantienen en contacto con el mundo exterior... no, no es que me tome ningún alucinogeno, más allá de mi dosis de supervivencia de Red Bull. El hiperespacio, o mejor dicho, el hiper espacio, es tan real como el Bar Sevilla. Su nombre oficial es Carrefour... pero los del barrio de toda la vida lo conocen como el Pryca. ¿Y a ver quien es el valiente que se atreve a rebatir a mi madre que la dueña del herbolario está confundida, y sobretodo, enseñarle a decir Carrefour correctamente?. Me río yo del trabajo de Geoffrey Rush con la tartamudez del rey Jorge. Bueno, todos lo llaman Pryca... menos mi primo Gerardito que, como triunfador que es, lo pronuncia en un perfecto francés cada vez que nos dice: "yo siempre compro en el hipercor, allí venden marcas que no tiene el caggrefurg". ¡Coño, si quieres marcas raras, vete al Lidl!, me quedo siempre con ganas de decirle. El día que decida dirigirle la palabra de nuevo se lo digo y me quedo tan ancho (más ancho aún si es posible, para desgracia de Hong-Kong-Fui).
A lo que ibamos. Que uno sea un friki no quiere decir que esté a salvo de ciertas obligaciones familiares, entre las que se encuentran poner en hora el video cada vez que salta la luz, y viajar al hiperespacio cada semana a bordo de mi viejo caza, modelo 4L, acompañado por mi androide de bolsillo llamado Galaxy, con la misión de abastecer de viveres a las fuerzas rebeldes.
El hiperespacio es un lugar fascinante. El único rincón del universo que conozco donde existen mujeres capaces de dirigirse a mi con amabilidad... e incluso con una sonrisa, cuando son cajeras novatas, y acaban de empezar su turno.
Pero este fin de semana ha ocurrido algo que ha alterado el equilibrio de la fuerza, algo capaz de sacarme de mi letargo. Porque no solo de Red Bull vive mi tripa, cada vez que visito el hiperespacio me premio con un helado doble, de sorbete de cerezas y café capuchino. Supongo que a más de un lector (si los hubiese todavía) le puede parecer una combinación extraña de sabores, pero cualquiera que haya padecido una sobreexposición al corte de nata-fresas en su infancia o, en su defecto, una adulta adicción al Red Bull, podrá entender mi elección sin cuestionarla.
Pues bien, en esta ocasión el dependiente de la heladería del hiperespacio me ha anunciado que ya no tienen el sabor capuchino porque su empresa ha decidido retirarlo del mercado. Paralizado por la noticia, decido prescindir de mi recompensa, lo que ha dibujado en la cara del dependiente una indisimulada sonrisa de satisfacción y alivio, harto de mis constantes reclamaciones y protestas, unas veces por la temperatura del helado, otras por su textura, la falta de crujiente del cucurucho o la cantidad del topping. Llego a casa indignado, tanto como para cometer la tontería de contarselo a mi madre, tan impermeable a mis desgracias como sensible a las de Belén Esteban. Y, en lugar de escandalizarse, como dicta el manual de la buena madre, a la mía no se le ocurre otra cosa mejor que proponerme pedir la próxima vez helado de café, en lugar de capuchino... ¡Habrase visto! Seguro que si yo le propusiese ver DEC en lugar de Salvame me mandaría a tomar viento fresco inmediatamente.
Indignado e incomprendido, en un momento de turbación llego a plantearme acudir a la acampada de Sol para presentar una propuesta que impida a los fabricantes de helados la retirada de ningún sabor sin una consulta previa a sus clientes. Por desgracia para mi causa, siempre fui un terrible boy-scout, y la sola idea de dormir en el suelo hace estremecerse mis principios. Así que no me queda otro remedio que iniciar mi protesta desde internet. Ya estoy pensando en un trendtopic para el twitter...
Fabricantes de helados del mundo, temblad.
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